
Estoy sin coche desde hace diez dÃas. Taller de pintura. ¿Reciclar el viejo o comprar un nuevo? ¿Quedarme sin coche? ¿Y el trabajo a la noche, en una comunidad no muy segura? ¿TodavÃa no es el momento de deshacerme del coche? Es un caso a pensar.
Estoy consciente de que un coche con motor 1.0, como el mÃo, que consume combustible fósil, lanza CO² en el ambiente. Y, para neutralizar tales emisiones, tengo dos opciones: plantar un nuevo árbol para compensar el dióxido de carbón o caminar y dejar de lanzarlo. Hay también la cuestión, muy importante, de que la gasolina economizada al dejar el coche en casa permite que no se emita 0,8 Kg de CO² por quilómetro.
En estos dÃas sin coche, tengo caminado a pie, de autobús, de van, de autostop. Es una experiencia que me hace bien. Incluso pensé en volver a caminar. Me habÃa olvidado de cómo es saludable, relajante y estimulante al mismo tiempo. ¿Caminar por el barrio donde vivo y aprovechar los servicios disponibles cerquita de casa y no tener de ir tan lejos para hacer mis compras? Es un caso a pensar.
Imagen: de aquÃ
Conduzco consultando el guÃa en cada semáforo rojo. “Hmmmm, ahora solo tengo que seguir recto que esa calle llega en la Radial Leste…†Hace sol y tengo todo el tiempo del mundo para cotizar precios. Las cosas empiezan a fallar cuando la calle q deberÃa llegar a la Radial no llega: veo, con pesar, la tal avenida quedándose más y más alta, hasta que hace una hermosa alza a la izquierda y desaparece de la vista. Mientras eso, la calle en que estoy hizo una curva acentuada a la derecha y me envió a la Liberdade.
Andar en coche en Sao Paulo es cosa para profesionales. Sin el menor sentido de dirección, una conductora sin ninguna noción, como yo, se pierde en la primera esquina. Decidida a no dar el brazo a torcer, paro en la primera gasolinera que encuentro. “Señora, usted tiene que girar a la derecha en el primer semáforo, derecha otra vez y va a ver la placa para la Radial.â€. Y claro que hago todo perfecto, no veo ninguna placa y acabo otra vez delante de la gasolinera. El bombero me mira desconfiado. Abro el vidrio: “¡No hay placa, señor!â€.
Me explica todo otra vez, como si la repetición del trayecto fuera hacerme fijarlo y acertar el camino. “Derecha, derecha, sigue la placa. ¡No hay como errar!†Agradezco y intento una vez más. Derecha, derecha, anda un poco, de placas, nada, bifurcación. ¿Y ahora? Atrás de mÃ, el conductor del autobús bocina, impaciente. Giro a la derecha y paso otra vez delante de la gasolinera. La MISMA gasolinera. El bombero, habla, en pie, con dos colegas. Me ve y hace señas desde lejos. Mejor no parar de esta vez.
Casi dos horas y tres intentos frustrados después, logro en coger la Radial Leste y llegar a la tienda, para descubrir, en cinco minutos que el viaje no sirvió para nada. En la vuelta, me pierdo otras dos veces y llego en el Centro, cuando querÃa ir para la Zona Oeste. Hace unas pocitas en vuelta de mis ojos, donde las gafas oscuras pegan mi piel. Mi blusa está encharcada de sudor y mi desodorante no logra con el vidrio cerrado, sin aire acondicionado. Un motoquero me insulta, bravÃsimo, no sé ni que infracción acometÃ.
¡Quiero mi madre!